Es una monada, una auténtica monada. Sentada en su cochecito, con el pelo negrísimo y la piel muy blanca, los ojos oscuros, grandes, rasgados, y el rubor sonrosado de todos los bebés sanos, reluce en medio del pasillo como el sol en un cielo de verano. Pero si dejo escapar un grito de alborozo al reconocer a sus padres, no es sólo por eso.
- ¿Ésta es vuestra hija?
- Sí- los dos sonríen a la vez.
- ¡Enhorabuena! - besos, abrazos, más sonrisas -. ¿Cuándo os la han dado?
- Hace tres meses, pero no la hemos sacado a la calle hasta ahora, porque tenía muchos problemas, ¿sabes?
Le conozco del barrio, de toda la vida. De pequeña le compraba bolis y cuadernos a su abuela, luego a su madre, después cerraron la papelería, pero me lo seguí encontrando por la calle, y además, y a temporadas, nos vemos por los bares. Le miro un momento y le vuelvo a abrazar. Está encantado, y a mí me encanta verle así.
-¿Cómo se llama?
- María. Igual que su abuela...- mira a su derecha, se corrige -. Que sus dos abuelas.
-¿Y qué tiempo tiene? ¿Seis meses?
- No. Tiene once, pero es que estos niños, pues...Estaba en un orfanato, un sitio horrible, no por la gente que trabajaba allí, que hacen lo que pueden, sino porque no tienen nada, ni personal, ni comida, ni pañales desechables, ni siquiera chupetes...
- Cuando la llevamos al pediatra la primera vez estábamos muy asustados, pero él nos dijo que a la niña no le pasaba nada, que tenía hambre, que le faltaba afecto, que no la habían cogido en brazos, que no la hablaban, ni jugaban con ella...Por eso no crecía, y lloraba todo el tiempo.
- Y ha cambiado...Bueno, no te lo puedes imaginar...
Pero sí me lo imagino. No soy capaz de recordar el nombre de la remota república ex soviética donde nació esta porcelana de ojos achinados, pero supongo que ese dato también da lo mismo. Hay muchos sitios así en el mundo. Demasiados. Y todos se parecen.
- Fui a buscarla con mi cuñada, ya sabes.
- Si. Fue mi hermana. Yo no pude ir...Pero vamos a dejar de hablar de eso.
En ese momento, como si ella también estuviera de acuerdo, María empieza a llorar, y entonces sus padres la miran, se inclinan sobre ella y empiezan a discutir como todas las parejas en esa situación, ¿se ha hecho pis?, a ver...,no, es que la has abrigado demasiado, no, no es eso, aquí no hace calor precisamente, pues yo creo que está agobiada, debe de tener sed, ¿dónde está el biberón de la manzanilla?, aquí, toma, ¿lo ves cómo tenía sed?, sí, pero lo que quiere es que la cojan, pues la cojo, ¡que no!, que sí, un poquito sólo...
-Desde luego, está hecha una princesa, ¿a qué sí?- la frutera me mira primero a mí, luego a sus padres -, cada día más guapa, da gusto verla, de verdad...¿Qué os pongo?
- Naranjas, pero no me las des ácidas que son para la niña...- entonces, el padre consentidor se vuelve hacia mí -.¿Quieres cogerla tú?
Lo intento, pero María no quiere estar conmigo. Llora, se revuelve, grita, hasta que unos brazos familiares me la arrebatan con delicadeza. Entonces, acurrucada en el pecho de su padre, coge el borde de su camisa con la mano derecha, se mete el pulgar en la boca y sus labios se curvan en esa inefable expresión de felicidad de los bebés satisfechos.
- Es que no le gustan los desconocidos, ¿sabes? - me habla con los labios rozando el pelo de su hija, besándola en la cabeza entre frase y frase -. Les tiene miedo. Yo creo que es por lo del orfanato, no se fía de nadie. Lo ha pasado muy mal, la pobre...
- Con que no había que cogerla, ¿eh?
Ellos han terminado ya de hacer la compra. Yo también. Mientras salimos juntos, pienso en María, en la imagen que tendrá de sí misma, de sus padres, de su infancia, cuando sea mayor. Entonces recordará que sus padres se querían, y que la querían, que la desearon tanto que mintieron, y engañaron, y desafiaron una legalidad injusta, y se arriesgaron a acabar en la cárcel, y cruzaron un continente entero para ir a buscarla al infierno, para sacarla de allí. Entonces entenderá por qué en su DNI aparece el nombre de su tía al lado de la palabra "madre" y también la suerte que ha tenido. Como si lo presintiera, cuando nos despedimos, en la esquina de Mejía Lequerica, la princesa de Chueca me sonríe y me dice adiós con la manita mientras a todos se nos cae la baba.
Luego, su padre, que se llama José Ramón, le pasa un brazo por los hombros a su otro padre, que se llama Miguel, y se van los tres a casa, tan contentos.
Almudena Grandes. EL PAÍS SEMANAL nº 1.362. Domingo 3 de noviembre de 2002.