Era una noche fría, todo estaba en silencio en la habitación de René. El viento azotaba las ramas de aquel viejo almendro contra los empañados cristales de su habitación. La claridad de la luna llena empezaba a proyectar el viejo dintel de madera sobre las sábanas de su cama. René estaba sudando, con ese sudor frio que tan sólo una mala nueva podía anunciar: De repente un grito ahogado....
René se incorporó de repente, respirando a jadeos y descubrió su imagen reflejada en el espejo, junto a la imagen de un hombre viejo que se acercaba desde el fondo de la habitación.
Su sangre se empiezó a helar y se desplomó sobre su lecho muerta.
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